Hernia discal: qué es, síntomas y cómo recuperarte

La hernia discal es uno de los diagnósticos que más miedo genera cuando hablamos de dolor de espalda. Muchas personas reciben el resultado de una resonancia y automáticamente piensan que tienen la columna “rota”, que deben dejar de moverse o que cualquier esfuerzo puede empeorar su situación.

Sin embargo, la realidad es bastante más compleja y, a la vez, más esperanzadora. Una hernia discal no siempre explica todo el dolor, no siempre requiere cirugía y no significa que tengas que vivir limitado para siempre.

El objetivo de este artículo es ayudarte a entender qué es una hernia discal, qué ocurre realmente en el disco intervertebral, qué síntomas puede provocar, cuándo conviene consultar y por qué el movimiento bien adaptado suele ser una parte fundamental del proceso de recuperación.

Este será el primer artículo de una serie dedicada a la hernia discal. Aquí veremos los conceptos generales. En próximos contenidos profundizaremos en la biomecánica del disco, la hernia lumbar y el ejercicio físico cuando existe una hernia discal.

Una hernia discal se produce cuando una parte del contenido interno del disco intervertebral se desplaza a través de sus capas externas. Para entenderlo bien, primero debemos saber qué es un disco intervertebral y qué función cumple dentro de la columna.

Qué es un disco intervertebral

Los discos intervertebrales se sitúan entre los cuerpos de las vértebras y ayudan a distribuir las fuerzas que atraviesan la columna. Cada disco está formado por un núcleo pulposo de consistencia gelatinosa, rodeado por varias capas de tejido fibroso denominadas anillo fibroso. Lejos de ser una estructura rígida, el disco se deforma y redistribuye su contenido durante los movimientos vertebrales y cambios de carga de la columna (Mansfield & Neumann, 2013).

Una forma sencilla de imaginarlo es pensar en el disco como una estructura viva y adaptable, no como una pieza rígida. No es una simple “almohadilla” que se aplasta sin más. El disco cambia su forma, modifica su presión interna y responde a la posición de la columna, la carga externa, la acción muscular, la dirección del movimiento y la distancia de la carga respecto al cuerpo.

Por eso, el disco no debe verse como una estructura frágil, sino como un tejido preparado para tolerar fuerzas, siempre que esas fuerzas estén bien dosificadas y el cuerpo tenga capacidad para gestionarlas.

¿Qué ocurre cuando el disco se hernia?

Una hernia discal aparece cuando el núcleo pulposo se desplaza a través de las capas del anillo fibroso. Dependiendo de la extensión del desplazamiento, el material discal puede seguir contenido dentro del anillo o salir parcialmente hacia el espacio epidural.

Este desplazamiento puede ser más o menos relevante en función de varios factores: la dirección de la hernia, el tamaño, la proximidad a estructuras nerviosas, el grado de irritación química, el espacio disponible dentro del canal vertebral o del foramen, y la respuesta inflamatoria del tejido.

Esto es importante porque no todas las hernias producen síntomas. Hay personas con hernias visibles en una resonancia que no tienen dolor, y personas con mucho dolor cuyos hallazgos en imagen no son tan llamativos. Por tanto, una hernia discal debe interpretarse siempre junto a la historia clínica, los síntomas, la exploración física y la respuesta al movimiento.

"En una lesión de hernia discal es importante tener en cuenta que no todas las hernias producen síntomas."

Una hernia no es simplemente un disco “aplastado”

Una idea habitual es pensar que una hernia discal aparece porque el disco se ha “aplastado”. Esta explicación es demasiado simple.

El disco está sometido continuamente a diferentes fuerzas:

  • Compresión.
  • Tensión.
  • Cizallamiento.
  • Deformación.
  • Cambios de presión interna.

Estas fuerzas no son necesariamente negativas. Forman parte de la función normal de la columna. El problema no es que exista presión, sino la relación entre la magnitud de la carga, la velocidad con la que se aplica, el número de repeticiones, la capacidad de recuperación, el estado previo del tejido, la posición de la columna y la coordinación muscular.

Por eso no conviene transmitir el mensaje de que doblarse, sentarse o levantar objetos es perjudicial por definición. El cuerpo necesita moverse. La clave está en recuperar la capacidad de tolerar esos movimientos de forma progresiva y segura.

Tipos de hernia discal

No todas las hernias discales son iguales. La clasificación suele depender del grado de desplazamiento del material discal y de si este permanece contenido o no dentro de las capas externas del disco.

Protusión

En la protusión (Imagen 1. A), el núcleo pulposo se desplaza y genera un abombamiento del disco, pero permanece contenido dentro del anillo fibroso. Es decir, el disco sobresale, pero no hay salida completa del material nuclear.

Es uno de los hallazgos más frecuentes en pruebas de imagen y no siempre tiene relación directa con los síntomas. La protusión puede ser relevante si reduce espacio, irrita una raíz nerviosa o se combina con otros factores mecánicos.

Prolapso

En el prolapso (Imagen 1, B), el material nuclear alcanza zonas más externas del disco, pero todavía conserva cierta contención por parte del anillo fibroso. Podemos entenderlo como un paso intermedio entre una protusión y una extrusión.

Extrusión

En la extrusión (Imagen 1, C), el anillo fibroso se rompe y una parte del núcleo atraviesa completamente sus capas. En este caso, el material discal puede alcanzar el espacio epidural y quedar más próximo a las raíces nerviosas.

Secuestro

El secuestro (Imagen 1, D) se produce cuando una parte del material extruido se separa del resto del disco y queda libre en el espacio epidural. Es una forma más avanzada de desplazamiento del material discal.

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Imagen 1. Tipos de hernia discal. Adaptado de Mansfield y Neumann (2013, p. 199, figura 8-32).

Esta clasificación ayuda a describir lo que se observa en una resonancia, pero no debe utilizarse de forma aislada para decidir el tratamiento. Lo importante no es solo “qué tipo de hernia tienes”, sino qué síntomas provoca, cómo responde tu cuerpo y qué función has perdido.

¿Donde aparecen las hernias discales?

Las hernias discales pueden aparecer en diferentes regiones de la columna, aunque son mucho más frecuentes en la zona lumbar y cervical que en la torácica.

Hernia discal lumbar

La hernia discal lumbar es la más habitual, especialmente en los niveles bajos de la columna, como L4-L5 y L5-S1. Esta zona soporta muchas cargas en la vida diaria y participa en gestos como sentarse, levantarse, caminar, inclinarse o levantar objetos.

Cuando una hernia lumbar irrita una raíz nerviosa, puede aparecer dolor irradiado hacia glúteo, pierna o pie, lo que muchas personas conocen como ciática.

Hernia discal torácica

La hernia torácica es menos frecuente, ya que la columna dorsal está más estabilizada por la caja torácica. Aun así, puede aparecer y generar dolor local, sensación de presión, molestias intercostales o síntomas irradiados en determinadas situaciones.

Hernia discal cervical

La hernia cervical afecta a los discos del cuello. Puede provocar dolor cervical, rigidez, dolor irradiado hacia hombro o brazo, hormigueo, pérdida de sensibilidad o debilidad en algunas zonas del miembro superior.

Síntomas de una hernia discal

Los síntomas de una hernia discal dependen de la zona afectada, del tamaño de la hernia, de su relación con las raíces nerviosas y de la respuesta inflamatoria del tejido.

Los síntomas más habituales pueden incluir:

  • dolor local en la zona de la columna,
  • dolor irradiado hacia brazo o pierna,
  • hormigueo,
  • pérdida de sensibilidad,
  • debilidad muscular,
  • cambios en reflejos,
  • sensación de descarga eléctrica,
  • empeoramiento en ciertas posiciones.

En una hernia lumbar, por ejemplo, puede aparecer dolor en la zona baja de la espalda y síntomas hacia glúteo, parte posterior del muslo, pantorrilla o pie. En una hernia cervical, los síntomas pueden desplazarse hacia hombro, brazo, antebrazo o mano.

Ahora bien, es importante insistir: tener una hernia en una resonancia no significa automáticamente que esa hernia sea la causa de todos los síntomas. El diagnóstico debe integrar la imagen con la exploración, la historia clínica y la evolución del dolor.

¿Por qué una hernia puede irritar un nervio?

Las raíces nerviosas abandonan la columna a través de los agujeros o forámenes intervertebrales. Cuando una hernia se dirige hacia atrás o hacia un lado, puede ocupar parte del canal vertebral o acercarse a una raíz nerviosa. Esta proximidad puede generar síntomas por dos mecanismos principales.

El primero es mecánico: el material discal ocupa espacio y puede comprimir o deformar la raíz nerviosa. El segundo es químico o inflamatorio: el material del núcleo pulposo puede generar una respuesta inflamatoria que sensibiliza el nervio, incluso aunque la compresión no sea muy grande.

Cuando una raíz nerviosa ya está irritada o el espacio está comprometido, estos cambios pueden modificar la intensidad de síntomas como el dolor irradiado, el hormigueo, la pérdida de sensibilidad o la debilidad muscular (Mansfield & Neumann, 2013). Por eso, algunas personas tienen mucho dolor irradiado con hernias relativamente pequeñas, mientras que otras tienen hernias grandes con pocos síntomas.

Relación entre una hernia discal y las estructuras nerviosas

Imagen 2: Una hernia posterior puede ocupar espacio dentro del canal vertebral y entrar en contacto con una raíz nerviosa. Reproducido de Mansfield y Neumann (2013, p. 200, figura 8-34).

La imagen muestra un desplazamiento posterior del núcleo pulposo a través del anillo fibroso, ocupando parte del espacio del canal vertebral y comprimiendo una raíz nerviosa. Esta proximidad puede contribuir a síntomas como dolor irradiado, hormigueo, pérdida de sensibilidad o debilidad, especialmente cuando se combina la compresión mecánica con la irritación de los tejidos nerviosos.

Flexión, extensión y síntomas nerviosos

La posición de la columna puede modificar el espacio disponible para las raíces nerviosas. De forma general, la flexión tiende a aumentar el diámetro foraminal, mientras que la extensión lo reduce. Sin embargo, esto no significa que la flexión sea siempre buena y la extensión siempre mala.

En algunas personas, la extensión puede aliviar síntomas discales. En otras, puede aumentar molestias si estrecha el foramen o carga articulaciones posteriores. Lo mismo ocurre con la flexión: puede aliviar a unos y empeorar a otros.

Por eso, en una hernia discal no se debe aplicar una receta universal. La dirección de movimiento que mejora los síntomas debe valorarse de forma individual.

¿Cuándo es necesario consultar?

La mayoría de dolores relacionados con una hernia discal pueden manejarse inicialmente con tratamiento conservador, educación, control de cargas y ejercicio adaptado. Sin embargo, hay situaciones que requieren valoración médica prioritaria.

Conviene consultar si aparece:

  • pérdida progresiva de fuerza,
  • alteración importante de la sensibilidad,
  • dolor irradiado intenso que no mejora,
  • dificultad para caminar,
  • pérdida de control de esfínteres,
  • anestesia en zona genital o perineal,
  • dolor nocturno intenso no relacionado con postura,
  • fiebre, pérdida de peso inexplicada o malestar general.

Estos signos no son lo habitual, pero deben conocerse. En caso de duda, siempre es mejor consultar con un profesional sanitario para descartar complicaciones y recibir una orientación adecuada.

Tratamiento y ejercicio

El abordaje de una hernia discal debe adaptarse a cada persona. No se trata de hacer reposo absoluto ni de tener miedo al movimiento, sino de encontrar qué estímulos tolera el cuerpo y cómo progresar desde ahí.

En muchos casos, el tratamiento conservador es suficiente. Esto puede incluir educación, ejercicio físico adaptado, control de cargas, fisioterapia, reeducación postural, higiene postural y, en algunos casos, medicación pautada por el médico para controlar dolor o inflamación.

Reducir temporalmente las exposiciones que agravan

Cuando los síntomas están irritables, el primer paso suele ser reducir temporalmente aquellas posiciones o tareas que aumentan claramente el dolor. Esto no significa evitar todo movimiento, sino evitar durante un tiempo los estímulos que el cuerpo no está tolerando.

Por ejemplo, si estar sentado mucho tiempo agrava los síntomas, conviene introducir pausas, cambiar de postura y alternar con caminatas suaves. Si ciertos rangos de flexión o extensión disparan el dolor irradiado, se dosifican y se reintroducen más adelante.

El objetivo es bajar la irritabilidad, no crear miedo.

Flexión, extensión y respuesta individual

La dirección que reduce los síntomas no puede establecerse únicamente por el nombre del diagnóstico. Dos personas con una hernia discal pueden responder de manera diferente a la flexión, la extensión o la posición de la pelvis.

Una persona puede tolerar mejor la extensión porque reduce determinados síntomas discales, mientras que otra puede sentir más dolor porque la extensión estrecha el foramen o carga las articulaciones posteriores.

La respuesta al movimiento debe valorarse individualmente.

FlexiónExtensión
Desplaza el núcleo relativamente hacia atrásDesplaza el núcleo relativamente hacia delante
Aumenta el diámetro foraminalReduce el diámetro foraminal
Aumenta la carga sobre los discosAumenta la carga sobre las facetas
Tensa los tejidos posterioresTensa los tejidos anteriores

Desarrollar el control del tronco

Una columna con una hernia discal no necesita inmovilizarse para siempre. Necesita recuperar control.

El control del tronco implica aprender a estabilizar la columna mientras otras zonas se mueven: caderas, hombros, pelvis y piernas. Esto permite que la zona lumbar deje de recibir cargas excesivas en movimientos cotidianos como agacharse, levantarse, caminar o cargar objetos.

Aquí entran aspectos como la respiración, la presión intraabdominal, el trabajo del core profundo, la movilidad de caderas y la capacidad de usar los glúteos e isquiosurales sin compensar desde la espalda.

El objetivo no es hacer abdominales sin sentido, sino devolver a la columna un entorno estable y eficiente.

Recuperar el movimiento de forma gradual

La recuperación no debería finalizar al desaparecer el dolor. La persona debe volver a tolerar las tareas que necesita en su vida o deporte.

Volver progresivamente a levantarse, agacharse y rotar.

El error es pensar que la espalda está recuperada solo porque ya no duele. La ausencia de dolor es una fase, pero la verdadera recuperación consiste en recuperar función y confianza.

Concusiones

La hernia discal es una lesión frecuente, pero no debe entenderse como una condena. Un disco herniado no significa que la columna esté rota, ni que la persona tenga que dejar de moverse, ni que la cirugía sea siempre necesaria.

El disco intervertebral es una estructura viva, capaz de deformarse, adaptarse y responder a las cargas. El problema aparece cuando la relación entre carga, movimiento, recuperación y control muscular supera la capacidad del tejido.

También es importante entender que la resonancia no lo explica todo. Una hernia puede ser relevante, pero debe interpretarse siempre junto con los síntomas y la valoración funcional.

El movimiento bien dosificado, la mejora del control del tronco, la movilidad de caderas, la respiración, la fuerza y la exposición progresiva a las tareas reales son pilares fundamentales en la recuperación.

Si tienes una hernia discal, el mensaje más importante es este: no se trata de proteger tu espalda para siempre, sino de enseñarle de nuevo a tolerar movimiento, carga y vida.

Si quieres entender mejor qué ocurre dentro del disco, cómo cambian las presiones con la flexión, la extensión o la carga, y cómo aplicar todo esto al ejercicio físico, dentro de la membresía encontrarás contenidos específicos para avanzar desde las bases hasta aplicaciones más prácticas.

Bibliografía

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Mansfield, P. J., & Neumann, D. A. (2013). Essentials of kinesiology for the physical therapist assistant (2nd ed.). Elsevier/Mosby.

McKenzie, R. A. (1981). The lumbar spine: Mechanical diagnosis and therapy. Spinal Publications.

Nachemson, A. (1960). Lumbar intradiscal pressure: Experimental studies on post-mortem material. Acta Orthopaedica Scandinavica. Supplementum, 43, 1–104.

Wilke, H. J., Neef, P., Caimi, M., Hoogland, T., & Claes, L. E. (1999). New in vivo measurements of pressures in the intervertebral disc in daily life. Spine, 24(8), 755–762.

Bogduk, N. (1997). Clinical anatomy of the lumbar spine and sacrum (3rd ed.). Churchill Livingstone.

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